TÚ Y YO SIEMPRE JUNTOS…

Mamá siempre se preocupó por mí. Trabajaba mucho para que yo tuviera, muchas veces la oí repetirlo, todo lo que me merecía. Yo era lo único que ella tenía en el mundo, y ella era lo único que yo tenía, y estaríamos siempre juntos, me prometió tantas veces. Cuando tenía oportunidad, se escapaba temprano de la oficina y llegaba lo mismo con un Castillo de Grayskull que con un balón de básquet o una docena de Hot Wheels o aquel Transformer que mutaba en dinosaurio o la mismísima Espada del Augurio. Para eso se mataba trabajando: para darme todo lo que ella no había tenido cuando era pequeña y no sé cuánto. No pocas veces la escuché recitarles las mismas palabras a todas y cada una de las nanas que tuve a lo largo de mi niñez, pues ella casi nunca estaba en casa.

Siempre era lo mismo. Ejecutaba un pase mágico y aparecían en sus manos toda clase de regalos: pistas de carreras, un View-Master con decenas de cartuchos, juegos de mesa, un Nintendo… Decía mi amor, mira lo que te traje, y veía desfilar desde su espalda, como si fuera el mago Merlín, poblaciones enteras de coloridos Playmobil, incluidos parques, gasolineras, avenidas con sus semáforos y camellones, heroicos cuerpos de bomberos, tiendas de conveniencia… Mamá no tenía límites.

Yo, la verdad, ya estaba cansado de tantos juguetes cuando una tarde entró en mi habitación abrazada a un oso de peluche en cuyo pelaje, aprendí muy pronto, uno podía esconder la cara y ponerse a llorar.  

Los recuerdos de mi infancia siempre fueron, y aún hoy lo son, nebulosos. Estuvieron difuminados, cuando no simplemente escondidos, tras una pesada cortina de vapor. Nunca supe, por ejemplo, a qué edad le pisé, sin darme cuenta, una pata a la tortuga que vivía en el patio de la casa ni si aquello ocurrió antes o después de mi caída en bicicleta, cuando me pelé las rodillas. Todavía me pregunto si, ante la falta de una memoria más consistente, empecé a inventarme, casi como un acto reflejo, pasajes que en realidad jamás viví o que, aunque ciertos en principio, distorsioné. Ese bien podría ser el caso del día en que, de la nada, unos compañeros del kínder me gritaron de cosas, que era yo el raro que nunca hablaba y no sé cuánto, y me empujaron y me tiraron al suelo y me quedé ahí tirado en el patio del kínder, sin hacer el más mínimo esfuerzo por levantarme, no sé por cuántas horas. O la noche en que papá, o alguien que yo supuse que lo era, llegó a buscarme y mi madre le gritó que jamás se le ocurriera volver, que yo era sólo suyo, y dentro de la casa empezó a caer una lluvia fina que reblandeció los muebles. O esa vez que me asomé a la ventana y vi a mamá conversando con un hombre al que yo jamás había visto, pero que lucía un parche en el ojo izquierdo, y ella tenía, en lugar de dos, sólo una pierna y una pata de palo.

Supongo que fue así como modelé una historia más o menos convincente de mi infancia. A fuerza de reconstruir y recolocar, en la fracturada trama de mi pasado, vagos recuerdos supuerpuestos a meras evocaciones que se me deshacían en el entendimiento. Episodios alimentados por la ficción que, si no alcanzaban a parecer recuerdos felices, al menos me ayudaron a no sentirme tan sucio y tan solo.

Mamá siempre se preocupó por mí, y la prueba está en ese ejército de juguetes que mantenía sitiado mi cuarto y cuyas filas no se cansaba de engrosar siempre que podía escaparse temprano de la oficina, aunque aquello de escaparse del trabajo y pasar tiempo conmigo sucediera tan pocas veces y yo fuera para ella, ahora que lo pienso, casi como uno de esos juguetes.

Así, poco a poco, me fui envolviendo en un secreto, llenándome de ausencia. Estaba, por así decirlo, extraviado en algún paraje en lo más profundo de mí, un paraje lejano adonde no llegaba todo aquello que pudiera hacerme daño.

Los recuerdos de mi infancia siempre fueron nebulosos, inasibles, fantasmagóricos. Estuvieron, y en gran medida aún lo están, parapetados tras una densa cortina de vapor. Pero una noche, cuando ya mi madre tenía muchos años de haber muerto, desperté con una certeza como no había tenido otra en la vida: me habían violado cuando no tenía más de seis años.

Todo estaba ahí, en ese nítido recuerdo que se me revelaba. El cuarto de baño de mamá. El vapor que lo cubre todo. Aquel cuerpo desnudo frente al mío, también desnudo, mucho más pequeño que el suyo. Entonces, una mano me toma de la nuca y acerca mi cabeza adonde aún no sé. Mi cara atraviesa, como una balsa extraviada en medio de la noche, aquella bruma, hasta que el vaho se disipa y veo frente a frente una herida expuesta coronada de vellos. Ahí es que me golpea con violencia ese olor del que aún no he logrado deshacerme: el olor al sexo de aquella mujer adulta. Después, mi cara choca contra sus carnes blandas y tibias y una orden me obliga a llenarme la boca de una sustancia viscosa cuyo sabor, entre amargo y dulzón, permanece adherido a mi lengua aún hoy.

De pronto, me veo besando las piernas de aquella mujer. Ella me dice que lo hago todo bien, que ahora lama también sus pies, y de vez en cuando me despeina un poco, acaricia mi cuello, me toma de la barbilla y, al final, me besa en la boca. Y todo aquello me hace sentir tan amado que no logro hacer nada contra esa otra emoción que me oprime el pecho: una mezcla de asco y, aunque entonces no supiera por qué, también de vergüenza. Una infinita vergüenza.

Y es ahí que el recuerdo se vuelve a extraviar en la neblina que todo lo confunde y, como si yo también fuera un mago Merlín, hago desaparecer un dedo, luego toda la mano, o incluso un poco más, en aquel oscuro y húmedo sombrero con pelos. Pero, por más que mi mano viaja a través de aquel conducto resbaladizo en busca de un conejo tan blanco como la nieve, un conejo grande y saludable con el cual jugar, imagino, jamás lo encuentro.

Y ahora estás muerta, mamá, para contarte todo esto y preguntarte por qué diablos me dejabas solo en casa. Para acaso buscar consuelo en tus brazos y vociferar contra la hija de puta que lo hubiera hecho, que me hubiera violado. Quizás juntos, siempre juntos, como me prometiste tantas veces que estaríamos, habríamos llegado a la conclusión de que había sido alguna de las nanas que tuve a lo largo de mi niñez. Al final de cuentas, tú casi nunca estabas en casa. Pero también, aunque la sola idea me aterre, y ese terror sea a tal punto paralizador que a veces no puedo moverme en todo el día, me habría gustado preguntarte si aquella mujer no fuiste tú y, en ese caso, en ese puto y jodido caso de mierda, que me dijeras por qué.

Los recuerdos de mi infancia siempre fueron, digamos, nebulosos, hasta que una noche, una noche terrible, aquel recuerdo maldito decidió esclarecerse, aunque no del todo. Nunca descubrí quién fue la mujer capaz de algo así. Pero yo sé que habrá otra noche, y para eso no debe de faltar ya mucho, una noche ya miles de años después de la muerte de mi madre, luego de haberme acabado prácticamente todo el dinero que tuvo la precaución de dejarme porque nunca hice nada de mi vida, muchos años después de haber fracasado incluso en mi intento de llegar, con distintas mujeres, más allá de tomarlas de la mano y darles un beso que siempre, al final, terminó dándome asco y vergüenza y sumergiéndome en una sensación de traición que jamás he sabido explicarme, mucho tiempo después de sentirme una basura tantas veces y maldecirlo todo, incluida tú, mamá, y también de extrañarte con todas mis fuerzas y de sólo hallar consuelo en aquel oso que me regalaste, aquel oso en cuyo pelaje no pocas veces me he puesto a chillar como un niño, muchos años después la vida me regalará una segunda oportunidad y los recuerdos de mi infancia se ocultarán una vez más, pero ahora sí para siempre, detrás de una densa e impenetrable cortina de vapor.

Sólo entonces, y para eso no debe de faltar ya mucho, estoy seguro, podré descansar en paz.

TEXTO: Iván Sierra

ILUSTRACIÓN: Óscar Coyoli 

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