SHAMPOO EN EL CARIBE

         Todo mundo se había ido a pasarla bien, excepto Jorge. Él era el único que decidió quedarse en Xel-Ha, a unos cuantos kilómetros al sur de Cancún, en los campamentos de la Gran Marcha, junto a las bases ciudadanas y los comandantes.

En realidad había decidido quedarse porque fuera del candidato, los comandantes y Juan Armando Tavira, el jefe de prensa de aquella campaña por la gubernatura de Quintana Roo de quien Jorge era su segundo de abordo, el joven reportero casi no conocía a nadie.

Fue por eso que a las siete de la noche de ese sábado de descanso general, ordenado por el candidato, a Jorge le sorprendió la llamada telefónica de Adolfo Peniche, el jefe financiero de la campaña, quien le ofreció enviarle un chofer desde Cancún para salir a tomar unos tragos juntos.

Era raro: Peniche le había hablado como si fueran grandes amigos, pero Jorge apenas lo recordaba. No lo había vuelto a ver desde la primera campaña, en la que habían ganado juntos el municipio de Cancún, y a pesar de ello, Jorge no sabía realmente nada de ese hombre de lentes y mirada marcada por el poder que manejaba los recursos del candidato.

Y sin embargo, le estaba invitando unos tragos. O mejor dicho: a irse de putas. En efecto, una hora después llegó un auto compacto por Jorge. Subió al vehículo, y éste se perdió con rumbo a Cancún. En la entrada de la Zona Hotelera, el chofer lo transfirió a un auto deportivo, un Mazda con 143 caballos de fuerza, 100 km/hr en los primeros 54 metros lineales, piloto automático, dos plazas, asientos de piel y motor a diesel. Lo manejaba Peniche.

Jorge se sintió como en los días de la universidad, cuando sus vecinos, hijosde políticos, también lo invitaban a irse de farra.

Pero esta vez junto a Peniche, no iría a un antro cualquiera, sino al Shampoo, muy famoso en todo el Caribe mexicano…

Los recibió un hombre alto, de barba de candado, muy perfumado. Era Paco, el gerente del lugar. Peniche presentó a Jorge y una vez sentados se les acercaron dos mujeres, una venezolana y otra argentina. Parecían conocer a Peniche porque lo besaron en la boca.

Las chicas se retiraron al instante al ver la molestia de Peniche. El jefe financiero de la campaña pidió whisky 18 años de añejamiento y agua con hielos para rebajar su sabor. El mesero hizo una leve mueca de desagrado. Por el lugar deambulaban mujeres de distintas razas: coreanas, japonesas, italianas, una albina, cubanas, dominicanas, colombianas y del tipo hindú. Había incluso una alemana más alta que un hombre promedio. También se paseaban dos o tres mujeres muy jóvenes de origen maya y otras dos del altiplano, muy cotizadas entre los gringos, en lo que a todas vistas era un negocio muy ilícito.

La música sonó y de pronto salieron a bailar dos mujeres muy diferentes al resto: las dos eran más exóticas y bellas, aunque al final, ¿qué es la belleza? Eran una rubia y una negra. La rubia lucía un negligé beige que dejaba entrever sus finos y delgados vellos púbicos; más arriba, se transparentaban sus pezones y un lunar por encima de uno de ellos. Se asemejaba a la actriz norteamericana Gwyneth Paltrow o a una de sus pocas copias perfectas que andan vagando por el mundo. La negra tenía un pequeño triángulo chino sobre su entrepierna y grandes senos (bolsas de agua que se acariciaba ella misma a ritmo de la música). La mulata poseía: bellas piernas de acero y hermosas nalgas de ébano.

Jorge respiró profundo. El espectáculo comenzaba. La luz de las lámparas caían lacias y la música era hipnótica: fusión electrónica con escalas gitanas a la Manuel de Falla. La negra vestía con ropa de hombre. Se quitó el saco, lo hizo despacio, tratando de vencer a la luz tenue. Después de un rato de acariciar el aire con aquella prenda se desprendió el pantalón de un traje de corte italiano de débiles rayas, parecido al que usaría un gángster; después, se quitó la corbata roja y desabrochó el botón más alto de su blusa. Del otro lado de la pista, aquella Gwyneth Paltrow del Caribe, cerraba lentamente los ojos al compás de la melodía, enfundada en un vestido rojo muy pegado al cuerpo. La negra se acercó a ella. Ambas razas acompasaban sus miradas. Se retaban, se deseaban. No se dejaban en paz. Las chicas se besaron y poco a poco se fueron quitando una a una sus prendas: Gwyneth poco; la morena, mucho. Lo hicieron despacio, y luego, con gran prisa, in crescendo, en una escala ascendente. Ya desnudas y casi desesperadas, la negra, sacó uno de sus senos y lo metió a la boca de Gwyneth.

En una de las mesas, Jorge y Peniche platicaban. El jefe financiero de la campaña apenas si volteaba a ver el espectáculo. Jorge, en cambio, no podía concentrarse por tratar de mirar de reojo.

– ¿Por qué regresaste a trabajar con Olalde? –preguntó Peniche, rechazando al mesero igual que había hecho con la venezolana y la argentina. El empleado solo les sirvió más whisky y se retiró.

La boca de Gywneth besaba el abdomen de la negra. Jorge se esforzaba en concentrarse en la plática. Los clientes aplaudían a las chicas. Los ojos de todos estaban sobre ellas. En la pista, rubia y negra se acariciaban. Gwyneth se hincó y lengüeteó el pubis de la mulata. A Peniche se le acercó de pronto una pelirroja de pecas, ojos verdes, tipo irlandesa. Se sentó y él le regaló también una mueca de fastidio. Aún así, ella lo besó, lo tocó por encima del pantalón, lo acarició con cierta familiaridad. Luego, como si no se hubiera dado cuenta de la presencia de Jorge, giró hacia él y lo besó en la mejilla, como una educada niña de sociedad que ve por primera vez a un hombre desconocido.

– Cariño –dijo la chica a Peniche, en inglés-. Hace mucho que no te veo…

– Ahora no –respondió él, con el mismo ademán que había hecho a todo el mundo.
La peliroja se retiró haciendo un berrinche y Peniche tronó los dedos. Apareció de inmediato el gerente.

– Cámbianos a un privado…

– Sí, mi señor

El gerente tronó también los dedos, casi de la misma forma en que lo había hecho Peniche, y dos meseros recogieron las cosas de inmediato. Los llevaron al segundo piso, al que sólo se accedía por una pequeña escalera de caracol.

– Me lleva la chingada –susurró el jefe financiero de la campaña al ver desde arriba a varios diputados ambientalistas que llegaban al lugar apenas él se había sentado. Peniche le dijo entonces a Jorge:

– Amigo periodista, me voy a retirar un rato. Luego me cuentas por qué decidiste regresar a trabajar al Caribe si sabes que en esta campaña no le vamos a pagar a nadie, y además, que esta vez perderemos la elección a propósito.

Jorge abrió los ojos como platos, como no entendiendo una sola palabra.

– Bueno, amigo, agárrate la vieja que quieras, te quedas en tu casa… –le dijo el jefe financiero.

“¿En tu casa?” ¿Qué significaba aquello? ¿O es que, ese antro de belle mort era de Peniche? ¿De ahí se financiaba en parte aquella segunda campaña en la que Jorge había regresado a trabajar? ¿Y cómo que iban a perder a propósito?

Peniche desapareció entre las luces de la pista.

– Paco –dijo Peniche al gerente en la puerta-, atiendan al periodista…

Preséntale a Ivana y trátalo bien…

Jorge supo que aquella era su noche. Le dieron ganas de orinar. Preguntó por el baño. Lo hizo pensando otra vez en por qué carajos Peniche era dueño de un table dance de tanta categoría. Comenzaba a sentirse borracho y también, caliente. Trajo a su mente las noticias del día, la imagen del Presidente de la República, del gobernador y de su trabajo como periodista pagado por el candidato, para que se le bajara la erección y poder así miccionar, pero los pechos de las dos mujeres que habían bailado en la pista fueron superiores a él.

Estaba mareado, se sentó en el retrete, como lo hacen las chicas. Se sentía muy excitado y comenzó a masturbarse. Luego pensó que era una pendejada con tanta mujer alrededor. Se serenó. Sólo así pudo orinar sometiendo lo que tenía entre las piernas. Se dio cuenta que no llevaba ni una hora desde que había llegado con Peniche y ya estaba muy borracho, pero sobre todo, que si realmente aquel fuera un escocés 18 años no estaría tan pedo. Tal vez por eso, Peniche pedía agua con hielos para rebajarlo. Cuando iba a lavarse las manos reconoció a un empresario local metiéndose una línea de coca de una charolita junto al lavabo, cortesía de la casa.

Jorge esperó a que aquel hombre de negocios se fuera. También la prensa tenía que guardar las apariencias. A Jorge no le convenía que se le viera ahí. Después de unos minutos, regresó a la mesa donde lo esperaba una mujer joven. Era guapísima, tenía el cabello pintado de algún color fosforescente, la piel blanca y la nariz afilada. Era una especie de Milla Jovovich, o una de sus pocas copias perfectas que había en el mundo. Peniche le estaba obsequiando un servicio a todas luces incosteable para un simple reportero.

La chica de origen ucraniano hizo una mueca cuando vio a Jorge. Luego, le sonrió. El joven reportero miró a Paco como pidiendo explicaciones.

– La chica no habla español, mi señor –dijo el gerente.

Jorge se volvió a la joven para decirle un “hola” en inglés, pero ella no respondió.

Mi señor, la chica tampoco habla inglés…

– Si no habla inglés, ¿cómo me comunico con ella? –preguntó Jorge.

– Tal vez así es mejor, mi señor. No habla, pero ella es muy dulce, y quizá eso resulte más divertido para usted…

La Milla Jovovich del Caribe señaló el whisky a Jorge. El gesto claramente significaba: ¿me sirves? El gerente los dejó solos. Milla Jovovich tomó un trago e hizo un gesto parecido para que Jorge le encendiera un cigarro. En la pista comenzaba a bailar una puertorriqueña. Había pasado un buen rato desde que la negra y la rubia se bajaron del tinglado. Ahora andaban de mesa en mesa repartiendo un beso por allá o una caricia por acá. Milla Jovovich miró a Jorge y se pasó los dedos varias veces sobre los labios como esperando algo. El gesto quería decir: dame un beso.

La belleza de aquella mujer hizo que a Jorge se le bajara la intoxicación. Estaba incómodo de no poder cruzar media palabra. Parecía que en efecto, el lenguaje sí tenía un efecto en la seducción. Aquellos ojos de un color azul cobalto y labios encendidos parecían ofrecerse como quien espera encontrar algo más que una buena noche pero ella no podía decírselo ni él pedírselo. De pronto, la chica hizo una seña que quería decir: ahora regreso. Milla Jovovich se perdió en la penumbra. Unos minutos después, apareció el gerente.

– ¿No le ha gustado la chica, mi señor?

– Sí –respondió Jorge-, es sólo que no he sabido cómo hablar con ella…

Mi señor –el gerente recalcó las palabras-, da la casualidad de que acabo de recibir una llamada del licenciado, pidiendo que le mande ahora mismo a Ivana, la chica que estaba con usted. La necesita para su reunión con los señores diputados, así que si no dispone nada, tendré que enviarla con él de inmediato.

– ¿Me van a quitar a esta chica? ¿Para dársela a los ambientalistas? Carajo… Y al menos el licenciado, como usted le dice, ¿me mencionó a mí?

– No lo mencionó. Bueno, sí. Pero prefiero no reproducir lo que dijo de usted, mi señor.

– No, dígame. ¿Qué dijo? El gerente trató de ocultar una pequeña sonrisa burlona.

– Me preguntó que si ya estaba usted con Ivana en el cuarto oscuro. Y le dije que no.

– ¿Y qué dijo él? –preguntó Jorge.

– Que si no se la iba a coger, que chingara usted a su madre…

Jorge se puso rojísimo, incluso se levantó, pero trató de controlarse.

– Eso sí –agregó Paco-, me pidió decirle que podía usted escoger a cualquier otra chica y que incluso un chofer los llevaría a su hotel, si así lo requería, pero que él necesitaba a Ivana…

Jorge no tuvo más remedio que asentir con la cabeza y darle un trago a un whisky cada vez menos consistente. El gerente tronó los dedos. Pidió poner en una cubeta hielos, refrescos, cigarros y otra botella más de aquel supuesto 18años. “Cortesía” de la casa. Entre los refrescos, uno de los meseros puso una pequeña bolsa con polvo blanco.

Jorge sonrió. Miró hacia la pista y luego hacia las mesas. A lo lejos vio a aquella negra que había metido su pezón en la boca de Gwyneth Paltrow. La sonrisa de aquella mujer de color fulguraba, como atrayendo con gran poder las miradas de cualquiera que se preciara de ser hombre.

– Creo que me llevaré a la mulata –dijo Jorge, arrastrando las palabras.

– Buena elección –dijo el gerente-. Su nombre es Sonia y aquí es muy cotizada. Es española, aunque no lo parezca. Compruebo con ello que los amigos del licenciado tienen buen gusto…

Aunque Jorge no agradeció el comentario hipócrita del gerente, pocos segundos después, la mujer de color se paró junto a él. Un “hola, chico”, de acento raro, lo hizo reaccionar. Un chofer los llevó a la Zona Hotelera. Atravesaron las abundantes fiestas de springbreakers que afuera de las discotecas se tornan torres de Babel. La vieja laguna de agua dulce y el mar les refrescaban el sudor con sus respectivas brisas. Como a aquella hora, todo mundo se divierte, Sonia y Jorge pasaron desapercibidos en el asiento trasero de aquel auto con chofer. Se besaron con fuerza. El conductor los buscaba en el retrovisor. Jorge metió la mano debajo de aquella diminuta falda. Sonia mostró impunemente sus senos. Ella lo atrajó a sus pechos, como lo haría con un bebé. Jorge atacó y ella se dejó hacer. Aquel acercamiento resultó: fuego. Una llamarada en una plataforma marítima. Dos tetas de chocolate amamantando a un extraño. Fuego, antes Sonia, le metió la mano a la bragueta y se inclinó:

(Suspiros profundos, el chofer descuidando la avenida sin poder dejar de ver el retrovisor).

-Vaya, no estás tan mal –le dijo la negra a Jorge con mirada lasciva al descubrir lo que el reportero tenía entre las piernas.

Fuego, antes Sonia, pasó la lengua por encima de Jorge muy despacio y un líquido se asomó. La mulata lo recogió como si fuera una gota de miel.

– Mejor esperamos a llegar a tu hotel –dijo Fuego.

En plena travesía, ella desvió la mirada hacia la cubeta, tratando de localizar la bolsita con polvo blanco. Con los dientes rompió un pedazo y se colocó un poco en el brazo haciendo a un lado su pulsera. Suspiró como un recién nacido al tomar su primer aire. A continuación, jaló más polvo con la nariz y lamió lo que quedaba. Luego, ofreció a Jorge su antebrazo para que hiciera lo mismo. Llegaron al hotel. Los del lobby abrieron los ojos al ver a aquella mujer descomunal.

Lo primero que hizo Fuego al entrar al cuarto, fue mirar el baño. Constató su limpieza. Luego se quitó la blusa y dejó que el aire acondicionado del cuarto secara su sudor. Prendió la tele y puso una película.

-¿Qué quieres que hagamos? –le dijo Fuego, antes Sonia. Jorge se hundió en sus piernas. El olor de una mulata. Después la montó por detrás. Fue como entrar a un abismo.

A ella no le molestó aquel ímpetu. Por el contrario, lo aprovechó. Duraron un buen rato en un placentero juego de poder. Menos de una hora después él terminó y la mujer dio por finalizado su trabajo. Le había gustado el reporterillo ese. El periodista había disfrutado entre aquellas piernas de fuego encendido. Sonia había gozado también, no había fingido. Jorge tuvo suerte: no siempre sucede así con alguien que cobra por actuar. Todo aquello había sido gratis por orden y cortesía de Peniche. Jorge había hecho el amor con el fuego y quién puede presumir de haber entrado a un incendio de pasión y salir ileso. Antes de que Sonia se fuera, Jorge se sirvió un whisky más. Se metió una raya y le preguntó a Sonia de forma directa:

– Oye mujer, quiero hacerte una pregunta. ¿Peniche es el dueño de El Shampoo, verdad?

– La respuesta es obvia, chaval –le contestó con un acento castizo que apenas era creíble.

– ¿Y está metido en el tráfico o solo le regala mercancía a sus clientes? –dijo Jorge encendiendo un cigarro.

La negra se le quedó mirando, con ojos que parecían de rencor. Se dirigió a la puerta del cuarto y en lugar de abrirla, presionó el seguro.

– Si yo fuera tú, no haría esas preguntas, cielo… La mujer sacó un revólver pequeño que llevaba en el bolso, quizá demasiado minúsculo para sus enormes manos.

– Paco me dio la orden de que si te portabas muy mal, te lo vaciara en el estómago. Y creo que preguntar eso, es portarte mal, ¿no crees?.

Jorge se puso muy nervioso. Incluso, puso cara de terror.

– Pero no te preocupes, no lo haré –dijo la supuesta mulata española-. Peniche, nuestro jefe, es un gran hijodeputa, y aquí en Cancún necesitamos gente que lo sepa. Sé que eres periodista. Tienes suerte. Estoy obligada a darte un tiro, pero no hará falta, de todas maneras te lo van a dar aunque no sé cuándo. Alcancé a escucharlo. Peniche se lo dijo a Paco. Yo en cambio diré que te has portado de perlas y que no tuve ninguna necesidad. Y además, sabes, bueno, yo no soy una asesina, joder. A mí sólo me gusta follar y punto. Cada quien que se muera como pueda. Al final cada quien entrará al hoyo por sus propios méritos. Aunque si me permites decirlo, a ti no te va a ser muy difícil llegar ahí, cariño…


TEXTO: Omar Nieto
ILUSTRACIÓN: Mónica Loya

 

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